El fútbol, como los directivos que lo gobiernan, es conservador. Pasar de un año a otro es como pasar de página, pero conviene no crearse muchas expectativas: la página que viene será muy parecida a la que acabamos de leer.
En los último años, algunas de las grandes fortunas que recalaron en el fútbol modificaron la relación de fuerzas, fundamentalmente en la Premier. Primero fue el Chelsea quien se posicionó como nuevo grande de Europa, y el último es el Manchester City, que tiene intenciones parecidas.
Ese dopaje financiero (dinero que el fútbol recibe pero no produce) alteró las reglas de la competencia y evidenció el protagonismo cada día mayor del dinero (negocio, comercialización, marketing, son términos que le resultan odiosos al aficionado común).
Pero los nuevos factores económicos transformaron el mapa futbolístico aportando al menos una sensación de cambio. Era sólo una cuestión de tiempo que el desembarco de ricos se produjera también en el fútbol español italiano, francés o luso. Sin embargo, la crisis también afecta a los millonarios y la sensación es que esa tendencia se va a detener en seco. Nos espera un fútbol inmóvil.
CREAR ILUSIONES. Quizás sea mejor así. Porque si algo está dejando claro el mercado de invierno es que hay más clubes dispuestos a gastar dinero, que jugadores que justifiquen ese gasto. Suramérica y África vendieron todo lo que tenían y sólo les queda el talento de saldo; los grandes clubes europeos blindan a sus mejores jugadores porque son su signo de distinción, y los equipos medianos tasan a precios desproporcionados a cualquier figura emergente.
Los periódicos anuncian con letras grandes a los jugadores comprados, pero no hay relación entre el tamaño de los titulares y la calidad de las novedades. La necesidad de crear ilusiones desata el deseo de consumo, pero ocurre como con los zapatos, una vez que los usamos tres veces dejan de parecernos fascinantes y ponemos nuestro interés en otros.
El dinero gastado habrá servido para tres portadas y para tres partidos, una contraprestación ridícula para tanto dinero gastado. Tampoco en este apartado, que es el fundamental, vamos a encontrar cambios que modifiquen el fútbol.
Lo que sí se va a mover es el mercado de los entrenadores, pero eso forma parte de la normalidad. Se ficha a un nuevo entrenador para renovar el valor de los recursos existentes. Un solo hombre que actúe sobre el todo. Es como barajar y dar de nuevo: un suplente salta a la titularidad, un titular cambia de puesto, todos se sienten motivados por el deseo de exhibición ante el nuevo entrenador, y de esa agitación se espera el milagro.
Si se van ganando partidos se potencia la ilusión y el nombre del nuevo entrenador; si se pierden, todos parecen peores de lo que son y la sensación es que hay que cambiar la baraja entera. Esto es más viejo que el fútbol, así que tampoco por aquí esperemos la revolución.
UN CUENTO DE 90 MINUTOS. Como pueden ver, el 2009 será insoportablemente parecido al 2008. Pero, tranquilos, porque el fútbol será idéntico a sí mismo y eso asegura la diversión, la pasión, el asombro.
Estamos ante un juego que se renueva cada semana, y que ofrece la posibilidad de que un gran talento nos descubra una belleza nueva, o de que once talentos dibujen con una balón una irrepetible otra arquitectónica, o de que miles de aficionados provoquen en el equipo un contagio anímico arrasador...
Un juego en el que pasan muchas veces cosas que es imposible que pasen, porque nadie desentraño aún su misterio último: la extravagancia de su comportamiento , que tristezas y alegrías como bodas. Un juego que es un cuento de 90 minutos con final imprevisible y cada día mejor contado por las cámaras de televisión.
Pasemos la página de un nuevo año para comprobar que todo será como antes: rutinario y maravilloso.
[3 de Enero de 2009]